El despacho jurídico es un emprendimiento (o una empresa, dependiendo de su grado de evolución) en el que hay que estar preparado para conseguir clientes, atenderlos y retenerlos; administrar personal, comunicaciones, imagen, finanzas; pagar la luz y la conexión a Internet; contratar servicios de actualización profesional, y negociar hasta el propio alquiler de la oficina.
Nada de lo anterior, indispensable en la práctica diaria, se aprende en las aulas sino, por el contrario, en la calle y a los golpes.Así, por ejemplo, la pérdida compulsiva de clientes, o la afluencia de clientes no redituables, o el desconocimiento de las formas más elementales para atraerlos, o la altísima rotación de personal, o los problemas para el cobro de honorarios por trabajos ya realizados, o tantos otros ejemplos que abundan en el mercado jurídico, construyen un anecdotario más que extenso de abandono de la profesión, cierre de firmas y absorción de éstas por otras que no funcionan ni piensan como despachos jurídicos, sino como verdaderas empresas del derecho.
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